I |
Inés Armas y Daniela Fiorentino en Cuerpo Extranjero |
Danzarina, titiritera y un cuerpo otro, el de un muñeco de estopa antropomórfico son cuerpos en movimiento que inventan mundos. Se replican, se oponen, se observan, se respiran en un juego permanente de moverse, mover y ser movido. La titiritera anima a sus criaturas, muñeco y bailarina, comprometiendo todo su cuerpo. El cuerpo del títere se multiplica. El de la bailarina se expande y se encoge. En ese juego de tensiones se somete, pero también se resiste. En esa disonancia, la del cuerpo que se rehúsa a la manipulación, ese cuerpo se constituye esporádicamente en Sujeto.
Hay música, de fuerte presencia en la escena. Pero no hay palabras. La danzarina se desplaza calladamente. En un silencio habitado sólo por su respiración, el roce de sus pies contra el piso y el susurro de sus brazos en el aire. Apenas un grito casi animal, de cuando en vez. Pero un grito excéntrico, emitido por la titiritera. El grito del cuerpo fuera del cuerpo. Una voz extranjera.
Atado o desatado, este trío singular se entrevera en toda suerte de vínculos. Son entrañables las recreaciones de pequeñas situaciones cotidianas. Pero duele el muñeco acorralado, violentado contra la pared. Vaciado, su relleno se desparrama impiadosamente como material de desecho en el piso. El mismo material que, en un montículo al fondo del escenario, recuerda la materia primigenia.
La acción dramática avanza. Bailarina y titiritera se transfiguran, sus cuerpos son ya de estopa, el rostro se pierde. Rostro que es todos los rostros. Rostro de Nadie. Del cuerpo, centro y enigma, del sí mismo y la alteridad se ocupa esta pieza.