Hay quien dijo que lo más profundo es la piel. Como sea, la piel es la frontera con el mundo. La superficie de la belleza y el lugar de las heridas. Aunque lo disimule, el ojo también es piel. Una particularmente vulnerable. El exterior/interior se organiza en la mirada. Este espacio tiene que ver con la construcción de un modo de mirar. Una forma de subjetividad a través de un modo de mirar teatro.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Serie Cerro. Las santas travestidas



"Divine, la protagonista de la novela genetiana Notre-Dame-des-Fleurs, es una travesti canonizada al morir. Hubo un tiempo en que muchos reían con la risa de los “Divine”, la enorme “loca” de Jean Genet, diría Néstor Perlongher. Una “drag-queen” de los bajos fondos devenida santa.
Según Jean Paul Sartre, Divine es poéticamente mujer, pero ni ella misma quiere serlo por completo. Quiere -dice- ser “hombre-mujer”. Divine es mujer en su imposibilidad de serlo: “quiere ser mujer porque ella no lo es ni lo será nunca”. Finge la femineidad para paladear la imposibilidad radical de feminizarse. Todo es falso en ella, (…) Se burla de ser mujer y lo que quiere es ser falsa. (…)
En la dramaturgia de Emeterio Cerro hay, como en la pluma del escritor francés, personajes travestidos y ambiguos. Santos y obscenos. Cerro y Genet eligen personajes donde se juegan las tensiones entre “naturaleza” y artificio, femenino y masculino, lo santo y lo zafio."
Fragmento de Las santas travestidas. Un cruce: Emeterio Cerro, Néstor Perlongher, Jean Genet, Lydia Di Lello,  publicado en revista Conjunto, Casa de las Américas N° 165.

lunes, 21 de enero de 2013

Los hilos del cuerpo



I
Inés Armas y Daniela Fiorentino en Cuerpo Extranjero
Un cuerpo rebota como una pelota al ritmo que le impone un brazo, el brazo de otro cuerpo. El brazo se retira pero el cuerpo, obediente a la mano fantasma, continúa rebotando. Esta escena pertenece a Cuerpo extranjero el espectáculo  (Premio Teatro del Mundo 2012), que la Compañía Móvil (la bailarina Inés Armas y el director Fagner Pavan) y la titiritera Daniela Fiorentino presentaron en El Portón de Sánchez,  una experiencia de cruce fascinante de danza y teatro de títeres.  
Danzarina, titiritera y un cuerpo otro, el de un muñeco de estopa antropomórfico son cuerpos en movimiento que inventan mundos. Se replican, se oponen, se observan, se respiran en un juego permanente de moverse, mover y ser movido. La titiritera anima a sus criaturas, muñeco y bailarina, comprometiendo todo su cuerpo.  El cuerpo del títere se multiplica. El de la bailarina se expande y se encoge. En ese juego de tensiones se somete, pero también se resiste. En esa disonancia, la del cuerpo que se rehúsa a la manipulación, ese cuerpo se constituye esporádicamente  en Sujeto.
Hay música, de fuerte presencia en la escena. Pero no hay palabras. La danzarina se desplaza calladamente. En un silencio habitado sólo por su respiración, el roce de sus pies contra el piso y el susurro de sus brazos en el aire. Apenas un grito casi animal, de cuando en vez. Pero un grito excéntrico, emitido por la titiritera. El grito del cuerpo fuera del cuerpo. Una voz extranjera.
Atado o desatado, este trío singular se entrevera en toda suerte de vínculos. Son entrañables las recreaciones de pequeñas situaciones cotidianas. Pero duele el muñeco acorralado, violentado contra la pared. Vaciado, su relleno se desparrama impiadosamente como material de desecho en el piso. El mismo material que, en un montículo al fondo del escenario, recuerda la materia primigenia.
La acción dramática avanza. Bailarina y titiritera se transfiguran, sus cuerpos son ya de estopa, el rostro se pierde. Rostro que es todos los rostros. Rostro de Nadie. Del cuerpo, centro y enigma, del sí mismo y la alteridad se ocupa esta pieza.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Serie Cerro. Las Medusas



La Cuquita, Emeterio Cerro (Colección López-Sanz)
La Medusa Murtola de Caravaggio es la quintaescencia del barroco. Su cabellera de serpientes en penumbra, su cara blanca de terror y esa boca abierta, oscura, abismal, que se tuerce en grito es la puesta en escena de la tragedia y la violencia. Una Medusa que aterra y a la vez está aterrada, de su muerte o acaso de su propia monstruosidad. Esta pintura exhibida en la muestra Caravaggio y sus seguidores en el MNBA no está pintada sobre un lienzo tradicional. Su soporte es un escudo de madera y esto no es azaroso.
Medusa, la más bella de las Gorgonas, la única mortal, es ambigua. Violada por Poseidón, después es transformada por la celosa Atenea en un monstruo con cabellera de serpientes que petrifica a quien la mire a los ojos. Pero, decapitada por Perseo, la imagen de esa cabeza horrorosa deviene el escudo protector de la diosa de la guerra.
El escudo-Medusa es sin duda eficaz. Lo miramos y retrocedemos. La imagen que grita su  muerte es un espejo que anuncia nuestra muerte.
Por esas cosas de la modernidad, la cabeza de Medusa, la imagen de la ira femenina, ahora estilizada, recuperando aquella belleza arrebatada por la maldición de Atenea, es el isotipo de la marca Versace. El escudo deviene en esta versión adelgazada del mito, en la efigie de una bella joven, rodeada de una anacrónica guarda griega. En Versace, Medusa es una suerte de belleza fatal, pero ha perdido ferocidad. Ya no petrifica, apenas es un signo de pretenciosa distinción.
Hay otra Medusa -teatral, pestañas largas y una boca rojo sangre-, también barroca, también fatal, perturbadoramente seductora. Es la fantástica Medusa de barbies, una de las pelucas que Rodolfo Sanz creó para el personaje de La Cuquita de Emeterio Cerro, en su puesta de 1995. La heroína es una diosa de los infiernos, una antropófaga sexual. Devora a sus amantes después del amor.
Bella y monstruosa, letal y protectora, la Medusa muta aquí en esta figura fatal cuyas serpientes son un entramado de muñecas barbies, ícono de un modelo femenino banal y exterior pero que oculta un pasado oscuro puesto que su creador se inspiró en una sex-doll alemana.
La muñeca de los sex-shops se convirtió en la Barbie, la muñeca burguesa que las niñas aman vestir y cambiar de ropa. En la cabeza del actor Roberto López están sin ropa; se invalida por tanto su sentido lúdico. Desnudas, numerosas y abigarradas, tienen algo de ominoso; una imagen que  desvía hacia cierta zona de vaciamiento de lo femenino.
Esta peluca entre kitsch y siniestra se abre a una multiplicidad de derivas de sentido. Inesperadamente el sexo fatal de la Medusa mítica se repite en la Medusa-Sanz*. Pero se repite como el sexo banalizado de Versace, un sexo de cuerpos de plástico.

* Más en Sexo y desmesura. El maquillaje en La Cuquita de Emeterio Cerro, Revista on line Palos y Piedras N° 16
  (en prensa).  

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Aún, la vida


Roberto López en Las Tilas de Emeterio Cerro
Una silla solitaria en medio de un aula gris. Roberto López se sienta, y de pronto ese espacio deviene un espacio Otro, un Tandil devenido mitológico. El actor interpreta un fragmento apenas de una escena de Las Tilas. Un quiebre en la cintura, los brazos que se elevan hacia el rostro y ya está allí, presente, una de esas maestras de teatro rural que juegan a ser diosas.
Una fotografía tomada al azar lo muestra en una postura corporal femenina, vulnerable. Hay mucha ternura detrás de la parodia feroz que pareciera primar en las piezas de Emeterio.
El teatro es inevitablemente teatro perdido. Pero los personajes no se despiden, viven cada vez que habitan el cuerpo de un actor. Algo de esto ocurrió en la entrevista Emeterio Cerro presente en la voz de sus protagonistas que coordiné en el marco de las XVIII Jornadas de Teatro Comparado, celebradas el 30 de noviembre de 2012 en el Centro Cultural de la Cooperación. Fue un modo, vicario sin duda, pero conmovedor, de recuperar el acontecimiento teatral Cerro en la voz, las imágenes y los cuerpos del actor Roberto López y el escenógrafo-vestuarista-director Rodolfo Sanz.
Cuando Cerro, radicado en París desde 1987, vuelve al país, en 1996, se estrena Las Guaranís en el Bauen con la actuación de López y la dirección de Sanz. Ellos lo saben sentado entre el público. La función termina y el dramaturgo emocionado, los abraza. Emeterio está muy enfermo. Muere al día siguiente. Estos artistas le han dado la última imagen de su teatro vivo en escena.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Premios Teatro del Mundo 2012


Juan Carlos Gené (1929/2012) Premio Homenaje 2012
Este jueves 29, a las cuatro de la tarde, en la sala Batato Barea del Centro Cultural Rojas, Corrientes 2038, se entregarán los premios Teatro del Mundo en su 15a edición.
Estos galardones, otorgados por el Área de Historia y Teoría Teatral del Centro Cultural Rojas, se diferencian de otras distinciones porque incluye trabajos destacados, no ternas, y un Premio Mayor en los rubros Adaptación, Espectáculos Extranjeros, Traducción, Ensayística, Labor en Edición, Revistas, Fotografía Teatral, Diseño de Títeres, Objetos, Accesorios y Mecanismos Escénicos, Teatro para Niños, así como Premios Especiales, este año Teatro en San Juan, Teatro en Córdoba y Teatro en Patagonia.
El Jurado está integrado por sesenta y cinco investigadores y críticos teatrales que trabajan en la UBA y especialistas invitados.
¡Felicitaciones a los teatristas destacados de este año! (ver nómina)

jueves, 18 de octubre de 2012

Los Macbeth



En la puesta de Javier Daulte Mc Duff y Hécate gritan al unísono, como si uno fuera el doble del otro. Es otra vez la duplicidad shakespereana, procedimiento que anima (es decir, da el alma) a Macbeth y lady Macbeth.

“Lo hermoso es feo y lo feo es hermoso” dicen las brujas al abrirse el texto shakespereano. Seguidamente dirá Macbeth: “Nunca vi un día tan feo y tan hermoso” o “Nada es sino lo que no es”. Este universo de contrasentido recorre toda la pieza. Un mundo ambiguo donde lo que parece ser no es.
Esta ambigüedad opera sobre los cuerpos. En Macbeth la identidad sexual resulta confusa. “Deberíais ser mujeres y empero vuestras barbas me impiden que  concluya que lo sois”, les espeta Banquo a las hermanas fatídicas. Los atributos de lo masculino y lo femenino están desordenados, especialmente en la pareja central. Macbeth resulta débil e irresoluto, su carácter está,  “por demás lleno de la leche de la ternura humana”. Tiene ambición pero-afirma su mujer- “le falta la maldad que debería servirla”. Lady Macbeth, por el contrario, quiere alojar el mal en su vientre vacío en pos de la corona. El contraste que aparece desde un principio en  la coloratura de la pareja protagonista se profundiza a medida que avanza la tragedia.
En la primera parte de la obra, lady Macbeth se muestra fuerte y feroz, mientras que lo que caracteriza a su marido es la debilidad y el delirio. En la segunda parte, inesperadamente, lady Macbeth es una demente y suicida y Macbeth luce decidido a llevar a cabo una cadena de crímenes. Se dice que Macbeth asesinó el sueño, pero es ella la que aparece deambulando, sonámbula. Él mata, ella tiene la mancha. Esto resulta, por lo menos, curioso. Algo del orden de la duplicidad habita estos personajes.
Ludwig Jekells, estudioso de Shakespeare, sostiene que el dramaturgo solía dividir frecuentemente un carácter en dos personajes, cada uno de los cuales resultaría imperfectamente explicable mientras no se lo uniera con el otro en una unidad. Acaso este procedimiento pueda aplicarse a esta tragedia y los Macbeth  puedan ser considerados como partes complementarias de un sujeto único. Rey y reina, reina y rey, espejados. Confundidos en la ilegitimidad y el crimen.

martes, 18 de septiembre de 2012

Rostridad


With all my lies. Martin Stranka. www.martinstranka.com

“No somos más que mentiras, duplicidad,  contrariedades, y nos escondemos y disfrazamos a nosotros mismos”, dice Pascal en sus Pensamientos. Siglos después, el genial Martin Stranka parece aludir a  rostros múltiples en esta fotografía que, no por acaso, se llama: With all my lies  (“Con todas mis mentiras”).
Luigi Pirandello propone personajes que ponen en foco las “máscaras” quizá indispensables para desenvolverse en el medio social. Escrituras engañosas sobre la piel. Rostros construidos que ocultan el verdadero. Su Enrique IV finge. Empecinadamente, finge. Otro es el registro del Stefano de nuestro Armando Discépolo. Ese triste músico inmigrante no simula, ha hecho carne su máscara. Él es su máscara, no hay duplicidad. Enfrentado a su fracaso, quebrada la imagen del autoengaño, la máscara cae. Entonces y sólo entonces, la ve. Después, la muerte.
El poeta cubano Octavio Armand dice bellamente: Se me cayó la máscara / se me cayó la cara / de la boca cerrada / una a una / se me cayeron la palabras / soy todo lo que queda de mí mismo.
La cara se destaca del fondo que la contiene, la cabeza. Como un paisaje que se recorta sobre un espacio agreste. Apenas unos rasgos configuran identidad. El rostro, portador y productor de imágenes, es lo colonizado. Ese lugar que se ofrece a la mirada y el lugar desde donde se mira. Forma atravesada por gestos sociales. La vida como un desfile de disfraces. Máscaras blandas. Pieles otras sobre la piel.
Acaso no haya ya  un rostro originario, el verdadero, oculto bajo formas artificiosas. Acaso la contemporaneidad, como una impresora enloquecida, pare series de rostros que se suceden. Rostro sobre rostro. Impresión sobre impresión. Lo que resta son meramente impresiones sobre un rostro perdido.